Mi hambrienta juventud
me exige pelarme
las muelas con el filo del éxito:
si es con el dinero
tal vez seguiré flaco,
si no es con él,
el hambre y yo llegaremos
a disputarnos la existencia.
No he de juzgarme
por tirar los dados
a la boca de la diosa bastarda;
los poetas sólo buscan
un pedacito de inmortalidad
y una noche en la cual las guitarras
les lloren sus proezas.
Como el agua llegaré:
surcando cuerpos, inundando tierras,
nutriendo vidas y quitándolas,
al vaivén del aire
y a la espera del sol,
después de largas noches.
Como el agua me evaporaré:
entre el calor excitado de
bocas enmudecidas, entre estancamientos
y días que suceden tan breves como el vuelo de las moscas.
Como el agua arrastraré
la hoja que cae del árbol de la poesía.
Arrastrarla hasta aburrirse.
Sacarse un buen juego con los dados:
si es con la sonrisa de la Mona Lisa
o con la Carmina Burana, la fortuna
es la voluntad de los desgraciados, y la de los jóvenes.
Y arrastraré mi propio culto inútil
hasta el engaño que promete su útero
en madrugadas en las que visto el hambre
con la tela de la indiferencia,
en encuentros donde yo soy mi propio referente
y receptor: yo, mi única disputa. Yo, mi única competencia.
Mi cuerpo se llena de burbujas como
se llenaba el cuerpo del hombre con cara de queso:
cervecitas y cigarrillos, no podré ser un genio
de castas alemanas pero si soy el Guayacán que
recorre sueños e inunda las llanuras de Abya Yala: lo primero
es puro intelectualismo, lo segundo, pura vida.
Y anoche comprendí que sin importar
la abundancia o la escasez que nos acompaña
la fortuna es ciega e injusta, adorable y despreciable,
rechazada… y cuando nos somete, necesaria.
Soplando los dados
van sucediendo los hechos azarosos
que nos enmarcan las ojeras cuando nos vemos en el espejo.
me exige pelarme
las muelas con el filo del éxito:
si es con el dinero
tal vez seguiré flaco,
si no es con él,
el hambre y yo llegaremos
a disputarnos la existencia.
No he de juzgarme
por tirar los dados
a la boca de la diosa bastarda;
los poetas sólo buscan
un pedacito de inmortalidad
y una noche en la cual las guitarras
les lloren sus proezas.
Como el agua llegaré:
surcando cuerpos, inundando tierras,
nutriendo vidas y quitándolas,
al vaivén del aire
y a la espera del sol,
después de largas noches.
Como el agua me evaporaré:
entre el calor excitado de
bocas enmudecidas, entre estancamientos
y días que suceden tan breves como el vuelo de las moscas.
Como el agua arrastraré
la hoja que cae del árbol de la poesía.
Arrastrarla hasta aburrirse.
Sacarse un buen juego con los dados:
si es con la sonrisa de la Mona Lisa
o con la Carmina Burana, la fortuna
es la voluntad de los desgraciados, y la de los jóvenes.
Y arrastraré mi propio culto inútil
hasta el engaño que promete su útero
en madrugadas en las que visto el hambre
con la tela de la indiferencia,
en encuentros donde yo soy mi propio referente
y receptor: yo, mi única disputa. Yo, mi única competencia.
Mi cuerpo se llena de burbujas como
se llenaba el cuerpo del hombre con cara de queso:
cervecitas y cigarrillos, no podré ser un genio
de castas alemanas pero si soy el Guayacán que
recorre sueños e inunda las llanuras de Abya Yala: lo primero
es puro intelectualismo, lo segundo, pura vida.
Y anoche comprendí que sin importar
la abundancia o la escasez que nos acompaña
la fortuna es ciega e injusta, adorable y despreciable,
rechazada… y cuando nos somete, necesaria.
Soplando los dados
van sucediendo los hechos azarosos
que nos enmarcan las ojeras cuando nos vemos en el espejo.
Juan Pedro Pablo